lunes, 16 de enero de 2017

Reseña: La edad de la ira

Autor: Fernando J. López
Título original: La edad de la ira
Año de publicación: 2011
Páginas: 320
Editorial: S.L.U Espasa Libros
Idioma original: castellano
Precio: 7'95 €

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Sinopsis

Un domingo de septiembre, y tan sólo una semana después de comenzar 1º de Bachillerato, el joven Marcos Álvarez asesina brutalmente a su padre y a uno de sus hermanos y deja malheridos los otros dos. A partir de este suceso, un periodista llamado Santiago comienza a investigar todo lo relacionado con el día del crimen. Mientras interroga a unos conmocionados profesores y amigos, Santi irá descubriendo que Marcos vivía en una situación mucho más compleja de la que pintan los medios de comunicación, y hará todo lo posible por esclarecer qué fue lo que realmente ocurrió ese domingo negro.

Fernando J. López realiza en La edad de la ira una crítica generalizada al sistema educativo, a los profesores y a los adolescentes. En el marco de la investigación del asesinato, Santiago va descubriendo las grietas de la enseñanza actual, marcada por profesores sin vocación y alumnos sin ningún tipo de interés por aprender.


En esta novela existe una amplia variedad de personajes. El principal y más importante es Marcos, aunque en realidad nunca llega a interactuar en tiempo presente. Cuando empecé a leer, Marcos me dio la imagen del típico "capitán del equipo de fútbol americano" que todos conocemos: guapo, carismático, popular, que tiene a todos los profesores en la palma de la mano y a todas las chicas detrás. Lo que no me pude imaginar fue esa historia que sólo conocían de puertas para adentro: un chico humillado en su casa por un padre y un hermano homófobos y cuyo único respaldo, su madre, falleció en un accidente.

El resto de personajes, entre profesores y alumnos, constituyen una red de historias y situaciones tan bien tejida que sólo te das cuenta de la cantidad de información que has recibido cuando cierras el libro. Todos los profesores son personas que, aunque no lo aparenten, viven una vida llena de complejos problemas. Concretamente me gustó el desarrollo de Gema, la profesora de informática, porque se presenta como una tremenda y enérgica pelirroja dispuesta a comerse el mundo y se va sincerando hasta acabar en una mujer de 40 años enfadada con la vida por no haberle permitido ser madre, que se atormenta cada día por no haber ayudado más a la madre de Marcos cuando pudo.

En cuanto a los adolescentes del IES Rubén Darío, obviamente me quedo con la historia de Raúl y Sandra. Uno de los momentos cumbres del libro es la escena de la playa entre ellos dos y Marcos, porque es cuando realmente te das cuenta de cómo son las cosas. Ese triángulo amoroso imposible es una descripción exagerada de lo que queremos y no podemos tener: Sandra está enamorada de Marcos, pero es imposible porque él es gay. Marcos está enamorado de Raúl, pero también es imposible porque él no es gay. Y por último, Raúl está enamorado de Sandra, quien acepta ser su novia sólo como consolación para olvidar a Marcos.


Lo que no me ha gustado de esta novela ha sido el final. Después de 300 páginas descubriendo nuevos hechos que apuntan cada vez menos a Marcos como el asesino, me esperaba un final cerrado en el que se esclareciera qué pasó realmente el día del crimen.

Mientras sigues las pistas, vas haciéndote una idea de lo que ocurrió aquel día: fue el hermano pequeño quien, para defender a sus hermanos mayores, mató a su padre, y Marcos se autoinculpó. Esto coincide con la idea que Santiago tiene al final del libro, pero, como bien dice, nunca se podrá saber qué pasó realmente. Sinceramente, quería un final en el que se dijera (sin suposiciones) quien era el verdadero asesino.

Esta novela es recomendable para público juvenil y adulto, pero especialmente el primer grupo porque creo que se sentirán identificados en más de una ocasión con los personajes, sus situaciones y sus sentimientos.



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